Sunday, 25 May 2014

El misterio de la Posidonia

En cuanto leí la noticia que decía que había zonas circulares misteriosas que impedían el crecimiento de Posidonia oceánica en el mar Adriático, me invadió un tremendo malestar que me hizo volver instantáneamente a la primera vez que oí hablar de ella. Estaba en el primer curso de farmacia. Nuestra profesora de Botánica, especialista en algas, nos contaba que  la posidonia oceánica era una preciosa planta marina que formaba céspedes sumergidos a lo largo de la costa mediterránea. Esa explicación despertó mis genes gatunos y una tremenda curiosidad invadió mi ser: tenía que saber más sobre el desconocido mundo marino.
Los siguientes tres veranos estuve trabajando en el departamento de Botánica, en algología para ser más exactos, donde mi interés estaba centrado. Mi tutora, María, había dedicado su vida al estudio de las diatomeas, un tipo de plancton microscópico único en la tierra por poseer una capa protectora de silicio. Cuando llegué yo, estaba analizando al microscopio electrónico unas muestras que había recibido del mar Adriático. Concretamente, de unas diatomeas que crecían en la base de la Posidonia oceánica del lugar. Desde el primer día fui la encargada de identificar las diatomeas que encontramos en unas muestras de agua tomadas en el mar adriático para después poder clasificarlas.
Imagen de una Diatomea a microscopio electrónico

Lo curioso es que ninguna de las diatomeas que encontramos era identificable, nunca se habían encontrado antes. Eran demasiado grandes, tenían un número incontable de costillas, formas no convencionales: parecía que habían llegado de otro planeta. María y yo contactamos con la institución que nos había enviado las muestras para pedir detalles, sin respuesta. Una mañana, a los pocos días, entramos en el laboratorio y lo encontramos totalmente destrozado. Las muestras del mar Adriático habían desaparecido y todos los papeles que hacían referencia a las diatomeas que habíamos intentado identificar estaban destruidos. Sin más explicaciones, el director del departamento ordenó a María que abandonara el estudio de las diatomeas y se dedicara a como erradicar la Caulerpa, que estaba invadiendo los prados de Posidonia. Esa tarde fue la última vez que vi a María, ya que nunca más volvió al laboratorio.
El ruido de una ambulancia me hizo volver al presente. Me acerqué al ordenador y busqué más detalles sobre la noticia de la Posidonia, esta vez vía Tor. En una de las páginas que encontré, se veía una fotografía de María en un barco, vestida de buceadora, con unas muestras en las manos. Ésta afirmaba que había una rebelión en las aguas, que las diatomeas estaban desarrollándose de forma increíble, y eran letales e indestructibles debido a su caparazón de silicio. Tenían una forma circular de ataque, por eso los círculos perfectos en el océano, y solamente crecían a cierta profundidad, así se explicaba la distancia existente a la costa. Las zonas de ataque eran cada vez más centradas en el mediterráneo y no descartaba que la invasión fuera a otros mares con el tiempo.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Un enemigo tan letal, lento, invisible y silencioso no se había visto nunca. Sería lógico que el ejército quisiera tenerlo en secreto hasta que supiera cómo luchar contra él. Me preocupé unos instantes, pero luego empecé a recibir whatsapps de mi grupo de amigas, miré las noticias de Facebook, me fui a preparar la cena y se me olvidó mi preocupación y mi anterior escalofrío. Ahora solamente me importa saber si mañana tendré trabajo o si algún día me tocará el euromillón.