Thursday, 28 November 2013

Bouillabaise XXII

Esa mañana al abrir las burbujas, me saludó la enorme nariz peluda de Luiggi, sus labios mascullando palabras sin sentido y su cuchara de madera haciéndome cosquillas como era habitual. Entonces lo supe: había llegado la hora de la verdad después de tantos meses de ebullición. A mi alrededor intuía patatas lilas maceradas con perfume de musk, huesos de gallina sarracena, uvas de anís, cebolla salada cortada a triángulos y filete de teléfono móvil, con un toque de ajo canelado. Todo aliñado con un chupito de ginebra de trufa blanca que me nublaba los sentidos. Finalmente, cuando Luiggi me sirvió en el plato, sé que quedé preciosa: en el medio yo, la cola de sirena, y a mi alrededor sus innovaciones gastronómicas de siglo XXII. Una mezcla exquisita que iba a ser el no va más de la supernouvelle cuisine.


Sunday, 17 November 2013

Mujeres

Escuchar Silvio Rodriguez me hace sentir rebelde y nostálgica y este es el resultado...

Hija. Madre veterana. Abuela primeriza. Las niñas han crecido tan rápido que no he tenido tiempo de darme cuenta. Estoy cansada. Me miro al espejo y no reconozco mi cara. Cierro un ojo, que el derecho siempre me engaña ¿Realmente soy yo? Mis pechos están vacíos, y caen ¡Cómo pasa el tiempo! Y mi vida, ¿A dónde se fue?  Mi vida la están viviendo ellas. Las niñas, ya mujeres. Marina a veces me preocupa, siempre pensado en irse, en ver mundo, pero nunca lo hace. Cada día la veo un poco más triste, y ese chico, el que le rompió el corazón, qué pena dejarlo después de tanto tiempo. Ahora que está sola nos vemos más. Le digo que se busque uno nuevo, que tenga hijos, le quedan pocos años. No escucha, solo trabaja y trabaja. Madre ¿Para qué quiero a un hombre que me destroce el corazón? A tu edad, yo ya tenía tres hijas, tres mujeres. Me mira con cara de resignación. Lucía toca el piano, es lo que yo quería más en el mundo, y se lo he dado, me siento a su lado y las notas acarician mi alma, veo sus manos e imagino que son las mías, arriba y abajo. Entonces recuerdo cuando eran niñas, las peleas, las risas y la felicidad. Pero no me entristezco, ellas son mi familia, femenina, sin padre. Solas tanto tiempo. Y yo trabajando, llegando tarde a casa, cansada con los pies destrozados de todo el día en la tienda. Sí señora, si, esta talla le queda mejor. Sí, puedo arreglarle los bajos del pantalón, no hay problema señora. Si le vendo el traje caro, le podré comprar el piano a Lucía por fin. Siempre solas. Matías murió y nos abandonó a nuestra suerte, cuatro mujeres fuertes, eso es lo que somos, como un pequeño bosque de robles. Marina, la más lista, terminó sus estudios y ahora trabajo fijo, muchas horas, pero trabaja. Núria se ha dedicado al diseño de moda, demasiado tiempo ayudándome en la tienda. Siempre seguía a su madre. Siempre probándose ropa, tomando mi maquillaje, ella quería crecer deprisa. No quiso estudiar. Las tres, mi alegría.
Ahora todo ha cambiado. Núria me ha hecho abuela. Madre, voy a ser madre, me dijo. Las lágrimas de alegría, el abrazo, la ilusión de una nueva vida. El vientre creciendo, las molestias, el no saber cuándo vendrá, los preparativos de la llegada. Todo se repite, las angustias de una madre novata. Mi miedo a hacerlo mal, vigila con la cabecita, aguántala bien, lávala. Mi leche no le sienta bien, se me corta y le tengo que dar papillas, pobrecita cómo llora Lucía, no llores reina, tu madre está aquí, la abrazo pero no para de llorar y no sé qué quiere. Le canto, la arrullo, cambio el pañal, está limpita, llora y llora y yo no sé qué hacer, me desespero. El cólico, le daré manzanilla, por fin duerme, y yo duermo también, a veces me pongo a limpiar para no perder el tiempo. Ella me necesita. Luego llegan las otras dos, tan seguidas. Casi no tengo tiempo para ellas. Cuando llego a casa se me tiran encima. Estoy cansada, pero cuando se me abrazan y me dicen te quiero mamá, mi corazón se agranda y mis lágrimas se transforman en felicidad. Recuerdos.

Tantas mujeres, y casi sin avisar aparece un nieto, un chico, una pequeña llama que enciende el amor de todas nosotras: Esteban. El niño más bonito. Cuando sonríe, todo parece mejor. A veces le abrazo y al segundo, me siento un poco más feliz, su amor se ha apoderado de mí. Le quiero proteger y dárselo todo. Estar siempre con él. Mamá, no le mimes tanto, mamá cógele del revés que le gusta más. No, a él no le gusta, lo noto. Mamá es mi hijo, yo sé lo que le va bien, no tú. No olvides que yo tuve a tres, sigue mis consejos, no están tan mal. Mamá, mira, Esteban ya llora, se pone nervioso si nos peleamos. Y luego se lo repiensa, vuelve a mí, mamá te quiero, gracias por ayudarme, ya sabes que es duro, ten paciencia. Sus tías no saben cogerle, le miran con adoración, les cuesta acercarse a él, no quieren que llore, se asustan. Los bebés solo maman y lloran bobas, no tengáis miedo. Ya se acostumbrarán y algún día les tocará a ellas, mujeres, tener sus hijos, su familia. Espero verlo, sí, mi pequeño rebaño, esto es lo mejor, es la felicidad. 

Sunday, 10 November 2013

Lo mejor que le puede pasar a un calcetín...

Todo lo parecido con la realidad es pura coincidencia...

Sabíamos que la vida de los calcetines deportivos de chico era aburrida, dura, apestosa y extremadamente peligrosa, ya que las infecciones siempre estaban al acecho. Suerte que nos teníamos el uno al otro, hermanos gemelos de nacimiento, para hablar cuando el agua limpia y el jabón milagroso entraba por nuestras fibras mientras dábamos vueltas en la lavadora, una experiencia única o cuando estábamos tendidos en el radiador hasta que nuevamente llegábamos a los pies de nuestro propietario. Aunque, Marc solamente nos debía usar para ir al gimnasio, nos utilizaba cuando le venía en gana. Y eso mismo reforzó la idea que en su día nos hicimos: la ilusión de que teníamos el título de calcetines favoritos. Pero ahora sabemos que no es cierto. Marc ni se paraba a pensar un minuto en nosotros, pobres insulsos, lo único importante para él era no tener rozaduras en los pies.

Hace poco pasó lo inevitable, y nuestra vida tomó un vuelco inesperado. Como de costumbre, nos llevó de fiesta un sábado. Cena. Copas. Chicas. Le ayudamos a que bailara, porque, para quien no lo sepa, ese es uno de los poderes que tenemos. También le dimos fuerzas para que resistiera hasta tarde sobre la pista. Le animamos a que se arrimara a la chica que le gustaba. Y nos alegramos cuando la besó. Incluso le dimos entereza necesaria para que se fuera la casa de ella a rematar el tema.
Bajar escaleras. Metro. Casa. Ascensor. Piso. Nos gusta recordar esos momentos favoritos. Se besaron más. Prácticas de sofá. Cama. Se quitaron la ropa. Él se quedó con nosotros puestos, un clásico antisexy. Sabemos que no fue su culpa, sino la nuestra. Pero es que nos gusta estar con él hasta el último momento. Enseguida se dio cuenta y se nos quitó a toda velocidad.
Caímos al suelo como unos campeones. Intentamos ligar con los calcetines de ella, tirados a nuestro lado. No nos hicieron ni caso, ya que eran de esos calcetines especiales que no aprietan los tobillos y no hablan con los de nuestra calaña.
Nos despertamos a la mañana siguiente, con el ruido de él vistiéndose a toda prisa, a oscuras. Se quería volver a casa. Vimos, horrorizados, como en lugar de tomarnos a nosotros tomó los calcetines de ella, y se fue. Abandonados por un treineteañero resacoso al que teníamos cariño.
Nos quedamos a oscuras casi todo el día, atemorizados, en un suelo extraño y frío. Nos sumimos en un triste y profundo sueño. La pérdida de nuestra masculinidad no nos sentó bien. Estuvimos días repitiendo nuestros últimos momentos juntos con nuestro antiguo amo, por tal de entender el porqué de nuestro abandono. ¿Cómo pudo irse sin agradecer los últimos meses de camaradería, los momentos de sudor en el gimnasio, o las largas noches de fiesta? Todo olvidado por ir con prisas. Una lástima, formábamos un buen equipo.
Los días que siguieron al abandono aún están muy borrosos en nuestras memorias. Sabemos que nos pusieron una lavadora, ya que ahora apestamos a suavizante de chica. Luego, fuimos a parar a una especie de paraíso del que habíamos oído hablar pero al que no creíamos que iríamos a parar nunca: al mítico cajón de ropa interior femenina.
La vida en el cajón no es tan mala como decían algunos colegas. Desde que vivimos aquí, estamos rodeados de tanguitas sexys y simpáticos, braguitas de abuela para los malos días, sujetadores push up, sujetadores deporte, camisones de punta, calcetines rosas y medias variadas. En realidad, nos hemos hecho bastante amigos de unos sujetadores deportivos negros encantadores, ya que nuestra nueva propietaria nos lleva juntos al gimnasio y nos lava y tiende a la vez, y es lo que se dice…el roce hace el cariño.
No nos quejamos de nuestra nueva vida. Además, con nuestros poderes puede que un día podamos ayudar a nuestra nueva propietaria a ligar en el gimnasio o en una discoteca, que es más parada que un click de playmobil en un garaje, y es que se lo debemos: nos ha adoptado y nos está tratando la mar de bien.