Saturday, 6 July 2013

El cambio

No pude evitar un escalofrío cuando, desde el jardín,  vi la persecución por el estrecho camino forestal que pasaba junto a casa. El coche de policía se paró y nos dijo que estaban persiguiendo a uno sujeto peligroso y que era mejor que nos fuéramos a otro lugar hasta que los encontraran.  Tomé a los niños rápidamente y corrimos hacia el coche, que estaba aparcado frente a casa.  Si permanecíamos estacionados sería mejor, pensé,  prefería que pasáramos desapercibidos ya que conducir por el camino forestal con prisas era muy peligroso. Dije a los niños que se quedaran quietos y que se escondieran en el reposa pies del coche.
Luego, me tumbé encima de ellos, y me cubrí con una manta, desde el exterior parecería que éramos maletas. A los niños les costaba estarse quietos. Les canté canciones que conocían. Les acaricié para que se calmaran. Tranquilos, no pasa nada, los señores malos se van ahora. ¿Seguro que se van? ¿No nos harán daño? No, yo estoy aquí con vosotros, nada pasará. Después de una eternidad en esa posición oímos unos ruidos por el bosque que rodeaba la casa. Es un cervatillo, susurré. Volvimos a tensarnos, podía sentir como los chicos temblaban. El olor a coche y gasolina era muy fuerte, nunca me había fijado hasta ese día. Me mareaba y hacía que el corazón me latiera cada vez más rápido y mis pensamientos viajaran de un lado a otro intentando encontrar una solución. Habíamos salido tan deprisa de la casa que no teníamos ni un cuchillo con qué defendernos. Puede que no hubiera sido muy buena idea ocultarnos en el coche. Puede que ahora que habían pasado unas horas de la persecución, fuera mejor ir hasta el pueblo. O puede que lo mejor era que volviéramos a la casa y esperásemos allí a que los padres llegaran. No podían tardar, me habían dicho que volverían antes del anochecer.
Me incorporé. Quedaos quietos, voy a ver si todo está calmado y podemos volver a casa. Tapé a los tres niños con la manta. Me prometieron que no se moverían. Me acerqué lentamente al edificio, estaba oscureciendo y las sombras empezaban a ser traicioneras. Me conocía bien el lugar, llevaba años trabajando allí. Fui directa a la cocina y tomé un par de cuchillos de los que cortaban más. Agarré una mochila que encontré por el suelo y le puse unos trozos de pan y un poco de embutido. Di una vuelta rápida, para ver si encontraba algún escondite mejor, pero era un lugar con grandes ventanales y pocas puertas, el coche parecía la mejor opción.
Un grito estremecedor rompió el silencio que reinaba.


¡Los niños!. Salí corriendo de la casa, fui hacia el coche y le vi. Ojos de sangre. Acuchillandoles. Cuchillada. Golpe. Otra cuchillada. Odio. Me abalancé sobre él con toda la rabia que no sabía que tenía. Ya no sabía lo que hacía, solamente que tenía que acuchillar y matar. El olor a sangre me invadió y me dio más fuerza. Miré mi reflejo y me había convertido en él. Mis manos, fuera de control, no podía pararlas. Mi reflejo, sangriento.  Ni rastro de él, solo yo, y los cuchillos en mis manos y los niños a mis pies,  mirándome con caras desfiguradas de confianza. Me puse a vomitar, vómito de bilis y culpa que me quemó las entrañas. Oí las sirenas del coche de policía. No me resistí a ellos, de momento no era peligrosa, ahora que había calmado mi sed.