Monday, 29 October 2012

Pensamientos ajenos


Andrea salió al mostrador a ayudar a Agustín, su compañero del día. En cinco minutos se había formado una larga cola, era hora punta, no le gustaba porque se sentía como la cajera de un supermercado. Estudiar Farmacia tantos años para acabar de cajera era deprimente.
-          Hola buenas tardes señora ¿En qué puedo ayudarla? – Lo primero que le habían enseñado al empezar que a los clientes se les tenía que tratar con respeto.
-          Buenas tardes, mira estos días me siento un poco cansada, no sé lo que me pasa. Quería saber si tenían algo para esto, para que me animara.- mientras la clienta hablaba, Andrea se dedicó a observar a la mujer que tenía delante. Estaba elegantemente ataviada, pero su mirada decía otra cosa totalmente diferente, destellaba tristeza. Decidió salir del mostrador para hablar con ella y llevarla hasta el stand de las vitaminas y productos naturales.
-          ¿Ha tomado ya alguna cosa para esto? –dijo mientras la rozaba ligeramente con el brazo sin querer. – fue en ese momento que lo supo todo sin que la clienta se lo dijera. Su padre había muerto hacía unos días. Estaba muy deprimida. Vivía sola y no tenía nadie con quién hablar. Lo único que había tomado eran demasiados gin tonics.
-          No, no he tomado nada. Creí que lo mejor era venir aquí, pedir vitaminas o algo así.
      Andrea no podía creer que con solo tocar a la mujer que tenía delante supiera todo lo que le pasaba. Gracias a la información que tenía, le recomendó tomar hierba de San Juan, y le dijo que fuera al médico si en una semana aún no se sentía mejor.
      Durante toda la tarde, tuvo clientes  uno tras otro y con todos le pasaba lo mismo. Cuando los rozaba, sabía realmente lo que necesitaban, sin necesidad de hacer infinidad de preguntas como solía hacer en su día a día.
      Llegaba la hora de cerrar. Estaba agotada y contentísima. Por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de haber ayudado a gente, en lugar de vender cajas como su fuera una autómata. Además, hoy era viernes y Vicente, su novio de toda la vida, la venía a buscar.   Vicente entró en la farmacia y le pidió algo para el dolor de cabeza. Andrea le rozó ligeramente para ver si sus poderes funcionaban con él. Ojalá no lo hubiera hecho. El roce le descubrió que su novio llevaba unos meses liado con María, su mejor amiga, tenía dolor de cabeza de pensar lo que debía hacer, que no lo tenía muy claro. ¡La muy arpía, el muy cabrón! Su mente iba a cien por hora. Le dió un gelocatil. Se fue a cambiar y cuando nadie miraba abrió unas cuantas cajas de Viagra®, y se quedó con una colección de pastillitas azules.
-       Hoy cocinaré yo mi amor, ya verás cómo te gusta. – Dijo Andrea ésa y muchas otras noches.   

      La venganza no tardó en aparecer. Al cabo de unos días y de forma sorprendente, Vicente empezó a tener erecciones constantes, en el trabajo, en el gimnasio, en el metro. No podía controlarse y además no desaparecía por mucho tocotó que hiciera.  Muy preocupado por que no fuera un problema más profundo, fue al médico que, extrañado decidió basar su tesis doctoral en él.  
      Al cabo de unas semanas, a Vicente se le pasaron las ganas de tener relaciones, lo dejó con María de forma silenciosa, y le dijo a Andrea que había pensado tomar los hábitos. Justo al unirse al monasterio le desaparecieron los síntomas, cosa que entendió como señal de que el Señor lo había acogido y perdonado por sus males.
      Andrea, ya más tranquila, perdió sus poderes. Pero curiosamente le volvieron a aparecer unos años más tarde cuando su marido le metía mano a la vecina de forma ocasional.

Sunday, 21 October 2012

La calabaza de Nabru


Érase una vez una calabaza anónima abandonada. Nabru la encontró por casualidad, paseando a orillas del huerto de su padre. Famosa por preparar brebajes de amor, decidió que esta vez el amor sería para ella.
Tomó una mezcla de María Luisa, Albahaca y Hierba limón, las puso en una bolsita y las colgó encima del horno mientras cantaba unas palabras inescrutables  «Uni michi suni du, uni michi suni du»  las repitió hasta que se durmió del aburrimiento. Al despertar, hizo una infusión con las hierbas mágicas, ya secas.
Vació la calabaza anónima. Le hizo unos ojos y una boca sonriente. La rellenó con la infusión. La calabaza lloró y lloró. De sus lágrimas brotaron ojos, brazos, cabeza, piernas, cuerpo. Un príncipe entero.
El príncipe, sorprendido de ser liberado la miró y lo supo: era ella. En su mano se materializó un zapato de cristal. Nabru, anonadada se sentó. El zapato le cabía a la perfección y era idéntico a uno que había perdido hacía tanto tiempo que no se acordaba. Se miraron a los ojos y lo revivieron todo: eran el uno para el otro, esta vez nadie les detendría. Por fin se habían re encontrado.  

Miraron por la ventana y vieron a sus enemigas: las dos hermanas de Nabru, y su madrastra mirándoles con envidia. Antes que pudieran reaccionar, Nabru les lanzó el resto de la infusión de Melissa, Albahaca y Hierba limón. Tres calabazas aparecieron en el alféizar. Las dejaron en el huerto de su padre, olvidadas y anónimas.
Y fueron felices y comieron perdices, no calabazas.

Sunday, 14 October 2012

El móvil olvirobado


Parece que tengo una capacidad especial pierde móviles que he ido desarrollando con los años. Pensaba que Oli, un tipo galés un poco cortito que al parecer usaba solo sus neuronas para tocar el piano muy bien, era el rey de las pérdidas tontas de móvil. Le robaron su iphone mientras lo usaba en una plaza de la Habana, se compró uno nuevo y a los 2 meses se lo robaron otra vez en Barcelona, una noche que decidió bañarse desnudo a la luz de la luna mientras unos ladrones se largaban con su ropa, pasaporte, dinero y el susodicho iphone.

                Pero no, señoras y señores. La presente, Mia  para los amigos, se lleva la palma a la tontería gaferosa. Mi currículum pierde móviles empezó hace ya 12 años. Tenía mi pequeño (en aquella época, ahora se consideraría gigante)  y amado Samsung, al que finalmente me acostumbré a llevar a todas partes. Ya sabéis que al principio de la era de los móviles, lo típico era solamente llevarlos para emergencias. Mis padres insistieron que como siempre me pasan cosas raras, mi existencia requería vivir en un estado total de alerta, por tanto siempre debía llevar el móvil encima.
                El móvil se convirtió en mi compañero inseparable. Le di todo mi amor y cariño pero un año después de entrar en mi vida, decidió abandonarme en un taxi. Aún puedo imaginar la cara de alegría de aquel taxista que se encontró mi preciado móvil con toda mi lista de teléfonos, (en aquella época era todo lo que podían hacer) en el asiento de atrás de su apestoso coche negroamarillento.
                Si avanzamos unos años en el calendario, llegamos a  los hechos que ocurrieron ayer sábado a las 13.30h GMT1 en Saldes, cerca del Pedraforca. Como buena catalana, había quedado para ir a buscar bolets. Lo teníamos todo: las cestas de mimbre, cuchillos, ropa de abrigo, libro de setas con fotos. Solamente nos faltaban los rovellons, ya que fuéramos donde fuéramos, solamente veíamos amanitas, pets de llop y setas con aspecto muy venenoso.
                Paramos el coche delante de una gasolinera que estaba cerca de un bosque de pinos, y mandamos a Jaume, el culpable indirecto de mi pérdida de móvil, a ver si en el bosque de detrás de la gasolinera había rovellons. Mientras, me dediqué a buscar en internet un restaurante donde ir a comer, llamé y reservamos para más tarde (por cierto, delicioso restaurante: El forn). En estas que Jaume viene sonriente, con dos rovellons gigantes en la mano: “Chicas, he encontrado un lugar donde hay muchos, anda venid!”. Salgo del coche toda emocionada, con el móvil en la mano, dejo mi Samsung con funda rosa fluorescente en el techo del blanco coche de Jaume, me pongo el anorak y me voy a cruzar la carretera a la caza de setas comestibles indefensas, ajena a los gritos sordos de mi amado móvil rosa, que olvidado en el techo de un coche blanco sabía que me había perdido para siempre.
                Y bueno, el resto es historia. Después de recolectar 2Kg de setitas suculentas, decido hacerles una foto para compartir con mis amig@s de Facebook, para pasarlas a los grupos de whatsapp que tengo,  y pasárselo por la cara a mi padre y a mi cuñado que la semana pasada no encontraron ninguno. El móvil no aparece por ningún lado. La trágica imagen de éste olvidado encima del coche aparece en mi mente. Volví corriendo al lugar del crimen con la esperanza de que en un lugar de montaña, como todo el mundo es de buena pasta, nadie habrá cogido el móvil, pero noooo es pedir demasiado a la humanidad. Alguna alma despiadada se lo llevó. Rápidamente llamé a Movistar y un señor muy simpático me canceló la cuenta y el móvil y me prometió que a partir de ese momento no podrían acceder a mi facebook,  gmail, whatsapp, mydays, kindle, lista de teléfonos o fotos (lo de las fotos no me importaba, porque la semana anterior borré por accidente las 400 que tenía).

Durante mi relación con los móbiles he tenido: 5 Nokias (uno de ellos murió porque lo puse en la lavadora por accidente), 2 Sony, 1 Alcatel y no los he perdido nunca, los tengo todos guardaditos por si acaso un día se acaba el mundo y los necesito. ¿Creéis que seré muy tonta si vuelvo a comprarme un Samsung?

Wednesday, 3 October 2012

El supositorio valiente

Por fin llega a vuestras pantallas el relato corto publicado muy amablemente por AEFLA en la revista PLIEGOS de la Rebotica. Es un tanto largo...

Dedicado a Criscod, tu ya sabes quién eres ;)


Estoy deprimido. Bueno va, no quiero ser optimista en épocas como ésta, que además estamos en crisis: estoy muy deprimido. ¿Por qué?, os preguntaréis mis queridos lectores. Supongo que en una vida pasada fui una mala persona. Hice un montón de marranadas a gente. Debía de ser señor feudal, o aún peor: pirata. Sí, en otra vida fui pirata, uno de esos que va por ahí saqueando barcos, tomando a mujeres contra su voluntad y destruyendo puertos a diestro y siniestro. Si me imagino así, tan valiente y luchador, se me pasa un poco la depresión. Me gusta. Fui tan temido y cometí tantas maldades que después de pasar a mejor vida y luego reencarnarme en cucaracha, rata y puercoespín, aún no he saldado mis deudas con el karma y ahora me ha tocado lo peor de lo peor: ser supositorio. No os riáis no, no es de risa, mejor que lloréis que aún no lo habéis oído todo.
Nacido en el lote P250-HN97, con exactamente 2g de peso, rodeado de mis hermanos gemelos de glicerina, no recuerdo nada de mi infancia hasta el momento en que llegué a la farmacia, que sería mi hogar hasta casi mi fecha de caducidad. Las primeras palabras las escuché en boca del farmacéutico titular a sus trabajadoras: “A vender estos supositorios, que acabo de comprar un lote grande”. Nos pusieron en un lugar preferente de la farmacia, a la vista de todos, pero nadie nos quería. Creo que notaban que éramos un cero a la izquierda y no nos compraban. Con el tiempo quedamos relegados a estar detrás de los chupetes, con suficiente visibilidad para observar el día a día, y al mismo tiempo pasar silenciosamente desapercibidos.
Para que entendáis la magnitud de la tragedia que me ha tocado vivir, tengo que daros un poco de background, una técnica que ahora está muy de moda. Y es que dentro del mundo del medicamento, al que pertenezco, existen cuatro clases sociales. Primero, y situados arriba de todo de la pirámide de poder, encontramos los medicamentos de última generación a los que pertenecen inyectables, cápsulas recubiertas o  implantes intraoculares. No se mezclan con nadie, siempre dentro de sus cajas de diseño, son carísimos y usados solo en enfermedades impronunciables. Todos ellos unos pijos con los que me niego a hablar. Luego tenemos  inhaladores, comprimidos, cápsulas, suspensiones y soluciones de toda la vida. Parecen campechanos pero no me fío de ellos ni un pelo, nunca se sabe si te van a  dar por la espalda. Lo mismo con los terceros,  cremas y  linimentos, a éstos no se acerca nadie, que huelen. Finalmente, por debajo de todos, estamos los olvidados supositorios, sin ningún amigo que nos comprenda.
Aquí no se acaba el tema, que es más complicado que aprenderse la ley del medicamento en ruso, ya que durante los últimos años ha entrado un nuevo concepto que ha añadido otro nivel de complejidad: el genérico. Por tanto, cada clase está dividida en dos: los que son de marca (se creen muy superiores) y los que son genéricos (una especie de quiero y no puedo). Os daré un ejemplo ilustrativo: un comprimido recubierto de marca siempre se sentirá superior a un comprimido recubierto genérico, pero un comprimido recubierto genérico siempre tratará mal a un linimento aunque éste sea de marca.
Además, estas diferencias los pacientes las notan, seguro. Tantos años olvidado en una estantería de la farmacia han hecho que vea muchas cosas. Los clientes, en cuanto entran en una farmacia, si ven que les toca un genérico se les saltan/agrandan los ojos y empiezan a tartamudear, no falla. Pero bueno, con la excusa de la crisis cuela todo menos nosotros los supositorios, claro, ¡con lo baratos que somos!
Como veo que estáis siguiendo bien la explicación, añadiré un nivel de complejidad dentro de mi clase social. Entre los supositorios también existe otra diferencia social. Está relacionada con el tipo de fármaco que tenemos incorporado. No es lo mismo ser un supositorio de oxicodona (ser opioide te sube el caché) como ser un supositorio de paracetamol (un analgésico de pacotilla) o ser como yo: un simple supositorio de glicerina que además es genérico. En resumen: un perdedor, el eslabón más bajo de la cadena medicinal.
El día a día en la farmacia era de lo más rutinario. Normalmente había dos farmacéuticas por la mañana y dos por la tarde, el jefe solamente aparecía algunas tardes a mantener el orden. Estábamos hartos de que las cajas de inyectables se rieran de nosotros cada vez que les recortaban el código de barras y las envolvían en suave papel de seda para ir a cumplir su cometido. No podía soportar que hasta los potitos nos dijeran: “Adiós, nos veremos en el intestino grueso”. A mí me gustaba una de las farmacéuticas, de constitución pequeña, pelo largo y ondulado, un poco tímida. Con el tiempo descubrí que se llamaba Tina. Era muy cariñosa con sus clientes, siempre les daba buenos consejos. Enseguida noté que le gustaba su trabajo, pero tenía un destello triste en sus ojos que me hacía intuir que no era totalmente feliz.
La leyenda urbana decía que, con un poco de concentración, los supositorios de glicerina podían sufrir un proceso de morfocapsulización, pero tenía que comprobarlo por mí mismo. El 27 de marzo fue un día de desesperación en el que decidí que las cosas tenían que cambiar. Enseguida lo supe: quería convertirme en cápsula. Aun diría más, quería ser una cápsula de marca, un antigripal de aquellos que todo el mundo compraba continuamente. Además, quería cambiar mi karma y decir adiós al sufrimiento de pensar lo que me esperaba en mi próxima vida; aquí se acabaría el espiral del mal en el que estaba metido. Y la única manera era haciendo el bien, cosa muy difícil si seguía siendo un supositorio genérico de glicerina. Una vez tuve mis objetivos claros el universo se puso a mi favor.
Ya me había fijado en que Tina miraba a Jorge, el chico que traía los pedidos, con ojillos acorazonados. Y no me extraña, ya que tenía el cuerpo tan perfecto como si de un medicamento de marca se tratara. Además, detrás de su hermosa sonrisa se escondía un gran corazón que hacía tiempo tenía la aorta puesta en Tina, pero casi nunca se hablaban. Entre Tina, que se limitaba a mirarle y soñar que un día él le declararía su amor y se casarían y tendrían hijos juntos pero que en el momento de la verdad nunca se atrevía a ir más allá de los buenos días, y Jorge, que la miraba y pensaba que una mujer tan hermosa nunca se fijaría en él, esto era un nunca empezar. Entre los dos, me subían la liposolubilidad por los aires.
El día L, que me gusta recordar como el día de mi liberación, Tina tenía que revisar que no hubiera medicamentos caducados. Como Tina era una buenaza, le tocaban las peores faenas de la farmacia. En esas que nos encontró olvidados y cubiertos de polvo detrás de los chupetes, a un mes de estirar la pata. Nos sacó de la caja para evitar que nos vendieran, nos dejó sobre la mesa donde recibían el pedido, y con el ajetreo de la mañana se olvidó de nosotros. Llegó el pedido y nos pusieron al lado de una bonita caja de cápsulas antigripales de marca.
Berta, una de las farmacéuticas más bulliciosas de la farmacia que tendía a hablar demasiado y trabajar poco, casualmente ese día no se encontraba bien. Corría una epidemia de gripe y la mañana anterior un cliente le había tosido en la cara para ayudar a que ésta decidiera el mejor tipo de jarabe a recomendarle. Seguramente el virus la había contagiado, ya que Berta notaba cómo la gripe empezaba a invadir su cuerpo poco a poco. Se sentó en una silla un poco mareada, abrió la caja de cápsulas de antigripales de marca que había a nuestro lado y sacó una de ellas del envoltorio. Aburrida, se dedicó a jugar con nosotros, los olvidados supositorios. Tomó a uno de mis hermanos y lo destruyó con sus propias manos ante nuestras asustadas cabezas. Luego decidió que desharía a otro de nosotros con ayuda de su mechero, y me tomó a mí. Era mi hora, lo sentía. Iba a morir sin haber tenido tiempo de hacer el bien.
Empecé a ponerme nervioso, y noté cómo empezaba a deshacerme sin ayuda del fuego. Pero el karma estaba de mi parte y Tina me salvó. Se dio cuenta de que Berta se estaba escaqueando otra vez y la llamó al mostrador. Berta me dejó en la mesa junto a la cápsula y, con cara de mal humor, se dirigió a atender clientes. Pensé que el karma me estaba brindando una oportunidad única. Si quería cumplir con mi sueño dorado era ahora o nunca. Imaginé con todas mis fuerzas que me deshacía y que me unía de forma irreversible a la cápsula que tenía al lado gracias a la bendita glicerina que tenía en mí.

Imagen 1. Supositorio sufriendo un proceso de morfocapsulización. Gracias a Ricardo Vicente Hernández por donar su dibujo a la ciencia farmacéutica.


El milagro ocurrió. Un momento era supositorio, al siguiente era una delgada capa de glicerina deshecha y al otro era parte de la cápsula pija de mi lado. Muy a su pesar, la morfocapsulización había funcionado con éxito. No cabía en mí de gozo. ”Espera a que me vean mis hermanos”, pensé con orgullo. A este paso, esto era el fin de nuestra casta, estaba seguro.
Lo que pasó a continuación fue bastante inesperado. Jorge entró con el pedido, lo dejó en la mesa y como tampoco se encontraba muy bien, me vio y me reconoció como antigripal. Ni corto ni perezoso me puso entre sus labios, y se me zampó. Así de simple, no tomó ni un poquito de agua.
“Qué corta fue mi vida como cápsula --pensé una vez en su torrente sanguíneo--. ¡Y no he tenido tiempo de hacer el bien! Pero espera… podría…” Se me ocurrió tan rápido que no tuve tiempo casi de reaccionar.
Una vez pasé la barrera hematoencefálica supe perfectamente mi cometido. Fui hasta el área del pensamiento y por unos segundos tomé control de la mente de Jorge. Me acerqué a Tina, medio tambaleándome al principio, luego con paso seguro. La tomé entre mis brazos. La besé. Le dije que era la mujer de mi vida. Ella nos miró un poco espantada al principio, pero luego decidió que ya llevaba demasiados años pensándose demasiado las cosas. Por una vez improvisó y decidió ser feliz.
Segundos antes de ser metabolizado pienso: “Ya he hecho el bien. ¿Qué me deparará el karma?”