Wednesday, 25 January 2012

Una de setas

Mark Boleth era un erudito de Bristol. Hace unos años visitó Catalunya, se enamoró de ella y decidió que quería jubilarse allí. Hace unos meses se instaló en Perafita, mi pueblo natal, ya que él no era el típico inglés que se retiraba en Marbella y nunca aprendía el español, no. Él quería integrarse totalmente en la comunidad catalana, aprender el idioma y las tradiciones para luego robarnos a las mujeres, claro.

La actitud de Mark no me gustó desde un principio. Se apuntó al coro de la iglesia, al gimnasio, iba a clases de catalán y salía con el grupo excursionista del lugar. Con los meses, la gente le saludaba por la calle, siempre tenía alguien con quien tomarse su café y hasta Luisa, solterona de oro del pueblo, le miraba con ojos carroñeros. Pero que le veían! Si era un pobre desgraciado con demasiado tiempo libre! Además, la Luisa no se toca, que es MIA. Después de años de trabajar junto a ella en mi farmacia, de amarla locamente en silencio, de acopiar el valor para ofrecerle mi amor y la iba a perder por culpa de un guiri!

Un día de otoño, Mark descubrió el significado de su vida durante una excursión a los pies del Pedraforca: las setas, una de las obsesiones catalanas por excelencia. Se ve que en su primer día encontró quilos de níscalos donde el resto no encontraba más que amanitas. Dicen que las setas crecían a su paso para tener el honor de ser cortadas por él. A partir de ese día le cogió tal ansia que empezó a ir a buscar setas a diario. Hasta acabó comprándose unas gafas de visión nocturna para ser el primero y único en recolectar las setas del día. Maldito inglés roba setas!

Hacía años que yo era el referente de la comarca en cuanto a setas, el ganador indiscutible del “Concurso anual de níscalos de Perafita” y ahora él me quería usurpar la primera posición, no solamente como mejor buscador de setas sino también en el corazón de Luisa. No lo podía permitir. Mi metódico cerebro había planeado el plan perfecto para deshacerme de ese guiri sabelotodo. Llevaba semanas haciéndome amigo suyo, practicando el catalán juntos y jugando al mus en el bar de al lado. Nadie sospecharía de mí si sufriera un pequeño accidente y desapareciera para siempre.

La noche antes del concurso fui a mi granja. Abrí la jaula que tenía escondida en el granero. El ladrar constante del perro, sus ojos salidos inyectados en sangre, la rigidez de sus patas y la saliva espesa que le salía por la boca eran signos de que era el momento: estaba rabioso. Tome una jeringa y con ella una muestra de su saliva y luego lo maté. No me quedaba mucho tiempo hasta el amanecer, o sea que fui directamente al mi laboratorio. Una vez allí, inyecté el contenido de la jeringa dentro de un gel de aloe vera usado como bálsamo para quemaduras y heridas y lo dejé todo preparado para el día siguiente.

El concurso anual de níscalos empezaba a las 5am. Todos los participantes estábamos emocionadísimos. Durante el transcurso de la mañana me las apañé para que Mark se hiciera un rasguño. Como buen farmacéutico, abrí mi botiquín de emergencia y le ofrecí el gel de aloe vera como desinfectante y cicatrizador, y le recomendé que se lo pusiera tres veces al día durante una semana.

Mark ganó el concurso por primera y última vez. Al poco tiempo vino a la farmacia con síntomas de fiebre. Luego Luisa entre sollozos me informó que el párroco le había dicho que Mark había muerto entre espasmos y ataques de hidrofobia causados por la mordedura rabiosa de algún zorro que le habría mordido mientras buscaba setas. La consolé entre mis brazos mientras pensaba que ese era el día más feliz de mi vida.

Tuesday, 24 January 2012

Mi orquidea Manuela

Como buena bruja-farmacéutica, soy una amante de las plantas. Ya iréis viendo que lo que más me gusta de este mundo aparte del chocolate, escribir y cocinar, es ver como las plantas crecen a mi alrededor. Hoy os hablare de mi última adquisición: Manuela. Mi única planta de interior (por ahora).
Manuela está conmigo desde el pasado octubre. Esta llevaba ya meses mirándome con cara de pena, y la rescaté de la mesa de un compañero el día que este se trasladó a Madrid. Pensé que si la adoptaba podría conseguir lo que siempre había deseado: una orquídea en mi casa, la podría haber dejado en mi mesa del trabajo, pero lo paso tan mal allí que no quería transmitirle mal rollo a diario, eso las plantas lo notan.
                                                     Figura 1. Manuela con duende justo al lado de la ventana,
                                                     sacando raíces
Descubrí en internet que las orquídeas quieren agua una vez por semana, y un lugar donde les toque el sol pero no de forma directa. O sea que decidí colocar a Manuela en una mesa junto a la ventana de forma que viera a mis otras plantas durante el día para que no se sintiera sola.
El mismo fin de semana, mis amigos farmacéuticos-brujos-telepáticos me regalaron un duende de jardín que se convirtió en el compañero de Manuela.
En un par de semanas la planta empezó a sacar raíces y más raíces, pero ninguna rama de flores. Pero no desistí. Seguí diciéndole palabras bonitas a diario y a regarla semanalmente.
Hace poco tuve visitas o sea que cambie la distribución de la casa. Manuela acabó más lejos de la ventana, encima del piano y justo delante de la mesa del comedor, más apartada de la ventana y el radiador y lejos del duende (que he escondido para que las visitas no lo rompan).
                                                          Figura 2. Manuela en su nueva disposición
No sé si son las visitas o la nueva disposición, pero por arte de magia le ha salido un tallo precioso. Os aviso en cuanto salgan las flores, de momento ya podéis ver la evolución de Manuela!!!

Tuesday, 17 January 2012

Una de matemáticas...y arte

He aquí la historia de mi amigo el cuadro Kandinsquiano, mi vecino de pared que siempre quiso lo que no tenia. Éramos el binomio perfecto, pero él nunca supo ser feliz y espero que ahora esté donde esté, haya encontrado la asíntota que buscaba: la perfección.
Click for the next Wassily Kandinsky gallery.
Fig. 1 Cuandro de Kandinsky. Kandinskiano, el de la historia, está desaparecido y no existen copias
Yo soy Escheriano. Las probabilidades de que me encontraran en mi anterior casa eran mínimas. Mi amo no quería que me robaran, o sea que me tenía relegado al área inversa de debajo de la mesa del ordenador, en su casita en medio de la campiña inglesa, dónde nadie podía verme, ni siquiera él. Su inteligente táctica no sirvió de mucho, ya que un día de verano, mientras su familia estaba de vacaciones, se lo robaron todo incluyéndome a mí. Y yo tan contento ya que en unas milésimas de día ya tenía un hogar nuevo, en la galería moderna de la casa del famoso mafioso ruso Millonésimo Infinitikivsky.
File:DrawingHands.jpg
Fig. 2 Cuadro de Escher. Millonésimo Infinitikivsky no permite la reproducción de Escheriano para evitar represalias represalias 
Al cabo de unos días de aburrimiento sexagesimal, y a falta de algo mejor que hacer, empecé a hacer revista de lo que me rodeaba. Justo a mi lado había uno de los cuadros más raros que había visto en mi vida, lleno de líneas entrecruzadas y tangentes cosinusianas, colores vivos que le daban movimiento sensorial.
Al final, mi vecino se dió cuenta que yo estaba a su lado y echándome una mirada en ángulo obtuso, me contó su triste historia. Al contrario de mí, echaba mucho de menos a su creador, Kandinsky, rompedor pintor que había inventado un lenguaje visual a base de puntos, líneas y colores. Este, llegó a casa de Millonésimo como regalo del gran jeque árabe Ari Al-Circulib el día del nacimiento de su primogénito, Alef.
A lo que íbamos, Kandinskiano llevaba una vida amarga e imperfecta. La razón: demasiadas líneas, puntos y colores, pero ninguna curva. Él estaba seguro que entre el final de su línea roja izquierda y la línea azul de la derecha, se podía trazar un arco de 180 grados que daría perfección y equilibrio a su ser. Tuvimos infinitas conversaciones en las que yo le intentaba convencer de que él ya era perfecto  pero de nada servía, ya que él se creía un cero a la izquierda. Cuando había visitantes, se quedaban anonadados delante suyo y siempre comentaban la belleza de sus trazos. Alef mismo pasaba horas y horas jugando con nosotros y siempre demostraba una especial predilección por Kandinskiano.
Un día, a Alef le regalaron unas pinturas, con afán de que se le despertara algún talento artístico. Se sentó delante nuestro con su regalo. Empezó a dar trazos lentos en su blanco lienzo. Se quedó pensativo. Nos miró. Se acercó a nosotros. Puso especial atención en Kandinskiano. Tomó su pincel y trazó un arco amarillo de 180 grados entre el final de su línea roja izquierda y la línea azul de la derecha.
Al día siguiente, Kandinskiano ya no estaba, y yo volvía a ser un monomio.

Thursday, 5 January 2012

Fresas Saladas

Esta se la dedico a mi tio Toni alias el Flanagan

La Rue de Bellechase, es una de las calles más bonitas de Paris. Desde su inicio se pueden ver un sinfín de casas grises, de diseño perfecto que dan vida a una serpenteada pendiente. Una de las casas grises, el número siete, llama la atención a los transeúntes porque  sus puertas siempre están entreabiertas y de la calle, si uno se fija, se puede vislumbrar una sala enorme, con suelo de parquet. A simple vista es una sala acogedora, abierta a todos los que se atrevan a entrar. Pero no todos saben que la sala tiene el poder de transformarse según el transeúnte que atisbe, es una sala traviesa que juega con la mente de los curiosos.
 Olivier vivía en la Rue de Bellechase, una de sus calles favoritas. Para Olivier, un chico de la campiña francesa, el hecho de vivir en Paris ya era especial, pero vivir en Rue de Bellechase era mágico. Cada mañana, camino al trabajo, Olivier pasaba por el número siete, que le tenía especialmente fascinado. No sabía si era por la puerta, una de las pocas de la calle que siempre estaba entreabierta, o por la gente que entraba y salía alegre y contenta, al contrario de los parisinos normales, que siempre se les veía la cara gris.
Un día que la puerta estaba más abierta de lo normal y parecía que no había nadie en los alrededores, Olivier no pudo contenerse más, y lentamente, como sabiendo que estaba haciendo algo prohibido, se acercó a la puerta. Miró por la rendija, con un poco de miedo, pero con esa felicidad que se siente cuando por fin se hace algo que hacía tiempo se deseaba.
Olivier vió que la sala estaba rodeada de sillas metálicas de colores, que daban un ambiente alegre al lugar. En el centro había dos mesitas provocadoras: una con manzanas y la otra con fresas. Olivier, que nunca hacía cosas prohibidas ni improvisadas, notó como de pronto perdía el control de su espíritu, entraba en la sala y se sentaba en una de las sillas, mientras miraba fascinado a los platos de fruta.
Al cabo de unos minutos empezó a entrar gente. Algunos se sentaban silenciosos y pensativos en las sillas, otros charlaban y reían con los de su alrededor, pero se hizo el silencio paulatinamente. Olivier estaba fascinado, no solo por el sentimiento de paz que llenaba la sala si no también porque aparentemente nadie se había percatado de su presencia.
Todos los presentes observaban las frutas en silencio. El silencio constante empezó a abrumar a Olivier. Nadie decía nada, todos observaban la fruta. Olivier sentía palpitaciones cada vez más fuertes, parecía que el corazón se le iba a salir por la boca de tan fuerte que latía...de repente, Olivier solo veía las fresas, toda su concentración fue a ellas, las fresas, la fruta prohibida....Olivier hacia años que no comía fresas....recordó que de niño le encantaban, las comía sin parar, con mucho azúcar, para hacerlas más gustosas.
 Olivier se vió transportado al pasado, a un día de primavera cuando por error, y bajo los ojos de su madre, puso sal en las fresas en lugar de azúcar...mucha sal. Su madre lo sabía y no dijo nada, solamente observaba. Olivier, inocente de él, tomó una fresa en la boca, esperando que fuera sabrosa y dulce, pero en lugar de eso, le sobrevino un sabor salado y asqueroso …..dándose cuenta de su error, pero demasiado orgulloso para dejar de comer, se acabó todas las fresas saladas de un tirón, entre arcadas que le invadían sin parar. Una vez acabadas, se fue a lavar los dientes y decidió no comer más fresas en su vida.
 Olivier volvió a la realidad y olvidando a todos los desconocidos que tenía alrededor se levantó, invadido por un deseo irrefrenable de comerse una de las fresas, se acercó a las mesitas centrales. Tomó una fresa. El tiempo se paró mientras la fresa se deshacía en su boca, deliciosa, madura y dulce.
Olivier vió que la sala estaba rodeada de sillas metálicas de colores, que daban un ambiente alegre al lugar. Sin saber porqué, le sobrevino un deseo irrefrenable de ir a comprar fresas, que hacía años que no comía.